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Ángel Ganivet
Fragmento adaptado de Granada la bella
Ángel Ganivet (1865-1898). Ensayista y novelista español, estudió Derecho y Filosofía y Letras en la ciudad de Madrid. Ganivet fue uno de los más importantes filósofos sociales de su país en la década de 1890. Además de (besides) su faceta literaria, Ganivet fue un destacado (prominent) diplomático, ocupando el puesto (position) de cónsul de Amberes, Helsinki y Riga.
El autor hace, en esta novela, un análisis de la influencia que tienen las características de las ciudades en sus habitantes y viceversa, y también compara diferentes estilos de distribución y arquitectura resaltando (highlighting) los puntos que las hacen únicas.
Si desde estas alturas en que vivo se tiende la vista hacia el ecuador, se observa que conforme el calor y la luz van aumentando, las ciudades se van apiñando, y en cada ciudad las calles se van haciendo más estrechas; llega un momento en que ya no pueden estrecharse más, y la ciudad se disuelve; estamos en el desierto solitario o en los bosques habitados por los salvajes en cabañas dispersas. Las ciudades del Norte de Rusia, de Finlandia, de Suecia o de Noruega, necesitan antes que nada buscar sol, luz, porque son ciudades de invierno: por esto sus calles tienen que ser anchísimas, tanto más anchas cuanto los edificios son más altos, para que los unos no reciban sombra de los otros. A primera vista, parecería mejor acercarlos mucho para que estuvieran más abrigados; pero de hecho resulta que el mejor abrigo es el aire. Dentro de las casas el hombre se defiende contra el frío, y vive como en una estufa; fuera de ellas, no pudiendo defenderse por completo, busca en el aire frío y en la nieve su defensa más segura, y no va en coches cerrados, sino en trineos. El día que yo llegué a San Petersburgo la temperatura era de 15 grados bajo cero, y la nieve caía con furia, y a pesar de mi falta de costumbre, pasé el día corriendo en trineo por toda la ciudad sin que el frío me molestara. Las bofetadas de aire y los azotazos de nieve me mantuvieron en constante reacción. Si hubiera ido en coche cerrado, es probable que hubiera cogido una pulmonía.
Las ciudades de la costa, desde Noruega a Flandes, sufren más de la lluvia que del frío. En algún punto de Noruega los caballos se espantan cuando ven a un hombre sin paraguas: lo toman sin duda por un ser monstruoso y maléfico. Desde que se llega a la Flandes francesa, yendo hacia el Norte, empieza a notarse el cambio en la construcción de edificios: los techos cónicos, muy puntiagudos para que escurra el agua; los pisos habitables montados sobre uno o dos subterráneos para defenderse de la humedad, y las calles ensanchándose a medida que el sol alumbra menos.
En las ciudades meridionales las casas se acercan, se juntan, hasta besarse los aleros de sus tejados. Sobra luz, sobra sol, y el aire caliente agosta a las personas como a las plantas: hay, pues, que buscar sombra y frescura. Y si el calor es tan fuerte que no hay medio de luchar contra él, el hombre se coloca bajo la Protección de la naturaleza: se defiende con los árboles, ya en la ciudad, ya fuera de la ciudad.
Todos estos hechos son muy conocidos; pero se los olvida en los momentos en que sería más oportuno recordarlos. Granada es una ciudad de sombra: a pesar de su exposición y de la proximidad de la Sierra Nevada, que producen grandes irregularidades climatológicas, su carácter es el de una ciudad meridional; su estructura antigua, que es la lógica, obedece a la necesidad de quebrar la fuerza excesiva del sol y de la luz, de detener las corrientes de viento cálido: por eso sus calles son estrechas e irregulares, no anchas ni rectas. Y, sin embargo, la aspiración constante es tener calles rectas y anchas, porque así las tienen «los otros». Mucho que no se nos ocurra desear abrigos y gorros de pieles, como los que llevan las gentes de por acá.
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