En
la Ciudad de México, un hombre de negocios va en
limusina al edificio donde trabaja.
Él
vio pasar el domo naranja y las columnas blancas, gordas,
del Palacio de Bellas Artes (...), la portada ocre, veneciana
del Correo y las esculturas frondosas, las ubres plenas
y las cornucopias vaciadas del Banco de México:

acarició la banda de seda del sombrero de fieltro
marrón (...): los mosaicos azules de Sanborn’s
y la piedra labrada y negruzca del convento de San Francisco.
El automóvil se detuvo en la esquina de Isabel
la Católica y el chófer le abrió
la puerta y se quitó la gorra y él, en cambio,
se colocó el fieltro, peinándose con los
dedos (...).

(...)
y esa corte de vendedores (...) y mujeres enrebozadas
y niños con el labio superior embarrado de moco
lo rodearon hasta que pasó las puertas giratorias
y se ajustó la corbata frente al vidrio del vestíbulo
y atrás, en el segundo vidrio, el que daba a la
calle de Madero, un hombre idéntico a él
(...) se arreglaba el nudo de la corbata también,
con los mismos dedos manchados de nicotina, el mismo traje
cruzado, pero sin color, rodeado de los mendigos y dejaba
caer la mano al mismo tiempo que él y luego le
daba la espalda y caminaba al centro de la calle, mientras
él buscaba el ascensor, desorientado por un instante.